SUMISIÓN-2

Es increíble: “”El Parlamento andaluz acuerda instar a la Junta a ejercer acciones contra ‘Cásate y sé sumisa’” (http://www.ideal.es/granada/20131204/mas-actualidad/andalucia/parlamento-acuerda-instar-gobierno-201312041710.html).

Como sé que te gusta el arroz con leche, por debajo de la puerta te meto un ladrillo. ¿Captan la lógica interna de la afirmación? Si la respuesta es “no”, entonces no estarán en condiciones de captar la lógica del Parlamento andaluz al instar a la Junta a ejercer acciones contra el libro de marras.

Al parecer de esta gente que nos representa y cobra de mi sueldo congelado y mis pagas extras navideñas, que parece estar en posesión de una cultura de elevación inasible y abismal sabiduría, la “sumisión” es una cosa muy mala que produce asesinatos de género y por tanto debe suprimirse de las publicaciones andaluzas. No es una palabra con varios significados o con sentidos diferentes según su uso y contexto. Se reduce a lo que ellos saben y creen que les dará rédito electoral para mantenerse en la cosa pública.

Por lo visto (a ver si lo entiendo) sólo hay sumisión impuesta; o elegida pero sin conciencia. No habría sumisión libre, o sí, pero por impotencia para otra alternativa. La sumisión sería siempre una rendición forzada y canalla. Así que olvídense Uds. de que haya una sumisión buena buenísima, de calidad suprema, que fuera la sumisión consciente, libre y potente a lo que o a quien merece la pena: al dictado de la conciencia, a la ley que nos ordena, al amado que nos ama y que comparte con nosotros una entrega mutua y recíproca. Y qué decir de someterse a la santa voluntad de Dios, el Creador que nos ha dado la vida y a quien debemos correspondencia agradecida por su gratuita gracia; prohibidas esas creencias; como ellos no las tienen o no las tienen en cuenta, deben de ser de gilipuertas y no pueden ser publicadas (por la Iglesia católica; otra cosa es el Islam, la religión más elevada, o cualquier secta de las novísimas).

Así que aquí sólo se dice lo que ellos digan: de “sumisión”, nada de nada; sólo a lo que ellos digan que puede decirse; como si fueran Dios o la persona amada o nuestra propia conciencia. Pero sin nombrarla, por supuesto. Sumisión a esta junta de sabios y demócratas, pero de la más segura y pura: la que no se nombra siquiera, sino que se da por supuesta y no admite crítica alguna.

Yo, por supuesto, sólo consideraría punible un texto que incite directamente, sin interpretación buena ni mala, a la violencia no ya de género sino del género que sea, pero con muerte incluida. Como ocurre ya en nuestra patria con el delito de apología del terrorismo, aunque no se aplica en absoluto ni esta Junta ni la del centro de España la ponga en práctica (por lo visto hay cierto género de violencia que no les resulta antipática, sino que los pone tiernos y compasivos; es lo que tiene la Eta, por lo visto: que es muy persuasiva).

Como tampoco prohibiría los huevos, por más que a algunos se les ocurra tirárselos podridos a la cara a los diputados del Parlamento; ya tendría huevos la cosa. Tampoco prohibiría los libros (ni les pondría censura alguna… excepto el delito, claro, de apología del terrorismo o asesinato), por más que algunos los usen, al igual que los panfletos o los folios o el Boja mismo, para entorpecer las mentes en la búsqueda de la verdad en lugar de facilitarla; lo mismo resulta conveniente, para excitar la crítica y poner en activo la mente, que es la responsable de lo que se piensa, no los libros ni las leyes ni las pistolas.

Semejantes prohibiciones de lo normal y bueno por si alguien mal lo usa nos llevaría a prohibir la vida porque lleva seguramente a la muerte. Y además, como yo también tengo mente y puedo buscar la verdad o decir tonterías, pues quiero usarla yo también libremente como un adulto que se arriesga y no como un niño al que protegen (en el mejor de los casos) o del que abusan. Igualdad, vamos, en la libertad y en el ejercicio del pensamiento. Lo propio de la democracia de derecho.


Menudos demócritas éstos. No, no es un lapsus plumis ni una errata informática: quiero decir lo que he escrito, demócritas;  falsos demócratas, vamos. Hipócritas de la democracia que sólo la usan para imponer lo que les conviene y seguir sacando del saco de la casa de todos o cosa pública. Es que viven de eso y no saben hacer otra cosa, por lo visto. Insumisión, con ellos.

SUMISIÓN-1

Yo soy yo y mi Jorgito, que es mi circunstancia más pequeña, aunque las apariencias engañan. De modo que yo no puedo, hoy por hoy, redactar artículos o entradas de blog. Pero tampoco puedo ni quiero dejar de ejercitar esa función que tanto me gusta y que suena tan fina y tan rara: observador crítico de la constitucionalidad actual española. O, mejor, de cómo se viven los valores constitucionales en nuestra democracia de derecho, que sigue aún siéndolo por muy moribunda y cancerosa que la estemos poniendo en la práctica.

De modo que cambiaré el género: paso del artículo menor o “entrada” bloguera al “apunte cibernético”, que es una suerte de nota que nota notera, que tendrá, espero, una ventaja: su mayor fluencia y abundancia. Voy a estrenarla ya, que los asuntos se agolpan y las semanas vuelan.

Recientemente se ha publicado en Granada, por una novísima editorial arzobispal, un libro (dos, ya) de una periodista italiana sobre su concepción del matrimonio: Cásate y sé sumisa (http://www.elmundo.es/andalucia/2013/11/11/528115f361fd3d8a608b4572.html). El título, desde luego, es como para meter en un reformatorio escolar o mental a la autora (descartando, en principio, que se trate de la repugnante estrategia comercial propia de un sinvergüenza); o para dejar que se mustie en el escaparate de la librería, que es el modo civilizado de desprecio propio de una democracia de derecho, a mi juicio.

Al parecer, sin embargo, el contenido se aparta en buena medida del desatinado título y no justificaría el furor maniqueo desatado por los meapilas laicistas de la Santa Indignación atea y comecuras (hoy otra vez de moda, a falta de cultura, como siempre) que lo han denunciado por fomentar, supuestamente, la violencia machista, y a los que se ha unido también otra cofradía de valientes (bastante menos con los terroristas, por supuesto; con la Iglesia sale gratis la infamia) y ciegos adoradores de lo políticamente de moda, capaces de rajoyrse (libre expresión mía, si aún se me permite en esta hora democrática) o traicionar cualquier principio, si es que alguna vez lo tuvieron (léase “Patulea de Petardos” en el poder; PP, para la historia): hasta la ministra Mato se ha apresurado a avalar la bulla anticlerical armada por los otrora contrarios, pidiendo al Arzobispo que retire la obra de las estanterías. Qué bárbaro, digo qué bárbara. Si constituye delito, que lo retire el Gobierno mismo sin más contemplaciones ni diálogo y sancione civilmente al obispo (ya, ya sé que esto es pedirle peras al olmo: para coherencia y valentías están éstos; pues que dimitan y dejen de vivir de mi sueldo). Y, si no, que no juegue a obispa ni avispa intentando pastorear al obispo, o sea, que no haga el ridículo ni pierda los papeles de esa manera, que da vergüenza ajena desde afuera de nuestras fronteras.

Son dos los valores constitucionales patrios que veo conculcados en esta liza: uno, el de la educación básica obligatoria de que habría de revestirse el pueblo soberano, que veo afectado por la ignorancia supina acerca de las matrices culturales que nos constituyen o rodean (una desgraciada herencia o lacra de nuestra Transición democrática, que lo ha politizado todo, educación incluida). Otro, el de la libertad de expresión, pavorosamente indefinido e indigerido por quienes expresan tan francamente su oposición a la expresión ajena; combinado con el anterior: sin saber qué dice el libro y sin saber siquiera lo requerido acerca de su mismo título. Me explico. Creo que valdrá esta nota para posicionarse en el asunto con suficiente conocimiento y juicio, al contrario que los que están armando el circo mediático, ya que no hay circo romano como el antiguo para castigar como ellos parece que quisieran a los seguidores de un tal Jesús, infieles que se atreven a contradecir las modas políticas sobre los principios de siempre (los verdaderos, vaya; porque no hay nada en la Constitución española ni en la Constitución europea que no estuviera ya en el Evangelio cristiano; cuestión de memoria histórica, si nos ponemos a ello de veras).

“Sumisión” llevaba por título el documental con el que el cineasta holandés Theo Van Gogh (bisnieto del famoso pintor), con guión de la famosa escritora somalí occidentalizada Ayaan Hirsi Ali, denunció la humillación a que es sometida la mujer en la cultura musulmana, y por el que fue asesinado por un musulmán marroquí, según dejó por escrito el asesino tras pegarle decenas de tiros y de puñaladas previas al degüello, como manda el Corán hacer con los infieles, esto es, con los insumisos.

Lo que no parecen saber estos indignados denunciantes (de los tres partidos políticos con más representación en Andalucía: comunistas, socialistas y populares, como se llaman ellos a sí mismos en libérrimo uso de la libertad de expresión) es que “sumisión” es también, simple y terroríficamente, el nombre de la religión a que pertenece el referido asesino: el Islam (“sumisión”, en árabe). De manera que no se requiere extremismo alguno para que los muslines o musulmanes (sumisos, en árabe), como los llamamos en nuestro idioma español, consideren como deber suyo degollar al prójimo que no cree o piensa lo mismo. Basta ser coherente con el Corán, como nota Ayaan Hirsi Ali, que sabe de lo que habla por teoría y por la práctica. Aunque, en este caso afortunadamente, la gente suela rajoyrse, es decir, sea poco coherente con los principios que dice y promete; menos mal que la mayoría de los musulmanes ni leen ni se toman en serio la doctrina del Corán islamista.

¿Cabría, quizá, interpretar, que lo de “Islam”, o sea, “Sumisión”, sea una interpretación o un uso libre de la expresión? Pues va a ser que no, miren Uds. por dónde: porque “Corán”, a su vez, significa en árabe “Recitación”, y así lo leen los musulmanes en todas las mezquitas del mundo, la mayoría sin saber lo que leen o recitan porque no conocen el idioma árabe en que está escrito (como antes nosotros con el latín de la misa). De manera que, expresa y literalmente, en la religión musulmana no hay interpretación que valga de su sagrado libro y doctrina.

De todos modos, ¿por qué nuestros furiosos denunciantes políticos, tan celosos de la ortodoxia política, tan indignados con la Iglesia católica y con una periodista romana, no conceden ni practican la misma libertad expresiva e interpretativa que, aunque imposible de aplicar a los musulmanes, podría aplicarse a nuestra cultura cristiana? ¿Por qué no exigen, también desde el Gobierno central incluso, que se retire el “Corán” y se prohíba la expansión del Islam, que tanta sumisión predica que constituye su esencia misma (y no a Dios sólo, no: de la mujer al hombre, como el Corán manda y los musulmanes, mire Ud. qué fieles en esto, practican)? ¿Por qué no se aplica rigurosamente al Corán, y al Islam mismo que por él se rige, la legislación vigente, que penaliza el delito de apología del terrorismo (cosa que no podrá hacerse con el Nuevo Testamento cristiano por más que se lea la letra pequeña y que algunos asesinos de la Edad Media hayan usurpado el nombre de “cristianos” al tiempo que, como la mona, se vestían de oro y seda)? ¿Ya no rige el principio de igualdad ante la ley (otro valor de la Constitución española) o, como antes se decía, “o todos moros o todos cristianos”? (Por cierto, ya puestos a ser rigurosos y coherentes, ¿por qué no se retira de las librerías la obra de Karl Marx, el Manifiesto comunista por ejemplo,  y se mete en la cárcel por apología del terrorismo a todos los que lo citan, propagan y practican, y que tantos muertos, y no sólo muertas, han producido?)

Respuesta (para no dejar lugar a interpretaciones dudosas o ilegítimas): tengo la certeza moral de que estos políticos que juegan a indignarse con otros (como si no tuvieran motivo para hacerlo con ellos mismos, como la religión cristiana que hemos mamado predica) no saben lo que es sumisión, ni lo que es Islam, ni lo que es Corán, ni lo que es la mansedumbre cristiana; ni la libertad de expresión ni la libre interpretación, uso y explicación de conceptos (en un libro entero, si hace falta y quiere Ud. leerlo; que por estos lares nadie obliga).

Más aún; me atreveré a expresar mi sospecha, que creo fundada en lo expuesto, de que no es ya que ignoren la Constitución, además de la cultura islámica y la cristiana, sino de que no les importa un pimiento ni eso ni la diferencia entre 8 y 80, ni entre ninguna religión, sea la fundada por un crucificado que murió perdonando tras haber predicado el amor a los enemigos, o la fundada por un guerrero que, además de cambiar la norma árabe de la poligamia para poder tomar como esposa a una niña de nueve años (pederastia lo llamaríamos en Occidente, si se me permite la libertad de expresión o de llamar a las cosas por su nombre) predicó el degüello literal y físico a los insumisos a su doctrina (yihad, en árabe).


Lo único que parece importarles a estos valientes adalides de la ideología de moda (repito lo de “valientes” con el sentido irónico de “valientes valientes éstos”, que no se atreven con el Islam, sólo con la Iglesia católica, que es mansa) yo lo dejo a la libre interpretación de Uds., aunque no hay duda de su interés en calumniar y denostar a quienes no se dedican a robar ni el dinero del pueblo ni el significado común de palabras sagradas tomadas en vano (vida, libertad, igualdad, pensamiento, derecho, diálogo, democracia,…) sino a hacer el bien y entregar su vida entera por legiones (salesianos, franciscanos, combonianos, maristas, mercedarios, escolapios, Hijas de la Caridad, claretianos, jesuitas… no sigo, porque esto era una nota y necesitaría varios folios para terminar la lista. Ya lo sé; lo de la “nota” era una broma.) Debe de dar mucha envidia, además de ser muy contrario a la propaganda, que la ideología y la práctica propias, aparte de palabrejas y palabrotas, sólo aporte una ruina omnímoda, como acredita la historia. Yo me declaro insumiso a ellas.

¿QUÉ LE VAMOS A HACER?

Lo poco espanta y lo mucho amansa, reza el dicho popular. A eso se debe mi prolongada huelga verbal en este blog (de ahí no haberme percatado de los comentarios recibidos, que acabo de leer y publicar; gracias por ellos). Me ha paralizado la reiteración, extensión y enormidad del desatino y la iniquidad gubernamentales. El Gobierno (el actual, como el anterior) no ha dejado de adecuar su actuación al deplorable juicio que me había merecido, para quebranto de la mayoría de los españoles. Además, caí en pensar que cuando la evidencia es tan gruesa y palmaria resulta superflua la insistencia crítica.

Pero qué va; puro hastío e ingenuidad míos. Nunca es ociosa la crítica o la denuncia. Pues lo que a mí me parece traición palmaria (la legitimidad para gobernar no se gana sólo en las urnas, sino en el cumplimiento del programa votado), a otros les parece genialidad digna de palmas, sólo que exige mayor inteligencia que la mía para ver el sentido de lo que realmente está ocurriendo y haciendo este Gobierno. Así, me encuentro con que en los dos bandos o bandas, los de los dos grandes partidos (o partidas), y no sólo de uno (al que se le siguió votando pese al GAL y la corrupción generalizada en todas las esferas e instituciones del Estado), la gente sigue aferrada a deseos y creencias, por ilusas que sean, y a interpretaciones enrevesadas que todo lo justifican, hagan lo que hagan “los suyos” (entiéndase rectamente: los que se quedan con lo suyo de Uds. o ellos como si fuera suyo o de ellos mismos que, con la banca, siempre salen ganando). Al decir de muchos, el jefe, si es del partido propio (del p. p.: el suyo, pero suyo de él, aunque el pagano votante se confunda una y otra vez), no abusa de la secretaria, la cuida; ni lee el periódico en las horas de trabajo, es que se informa.

Porque éstas tenemos: habla uno con algunos de las medidas que palmariamente nos sacarían de la ruina y cuya palmaria evidencia corre por Internet (fuera privilegios y despilfarros, o sea: fuera subvenciones a partidos políticos y sindicatos y fundaciones y asociaciones políticas enmascaradas, fuera empresas “públicas” de falsos funcionarios, fuera “consejeros” fantasmas desde las concejalías a la presidencia del Gobierno, fuera “embajadas” de las Autonomías, fuera televisiones “públicas” sean centrales o autonómicas, fuera diputaciones o más de la mitad de los ayuntamientos, etc.) y encuentra asentimiento enfático. Pero luego se encuentra, en las prospecciones demoscópicas, con que todavía la mayoría de los ciudadanos seguiría votando a los partidos mayoritarios.

Por lo que es de temer algo aún peor, a mi juicio: que el minoritario totalitarismo comunista decimonónico gobierne próximamente España, como lo hace ya en Andalucía condicionando la política del Psoe, al igual que hasta ahora han gobernado de hecho las minorías nacionalistas, separatistas y destructoras de España, a falta de un partido mayoritario que obtenga mayoría absoluta (posibilidad aniquilada por el partido que hoy ocupa La Moncloa).

Así que “toda España” sabe lo que se podría hacer para salir de la ruina: eliminar los privilegios, la corrupción (que es incluso estructural y legalizada: la división de poderes no existe en nuestro país ni de hecho ni de derecho) y la impunidad. Pero casi ningún español lo haría, porque está secuestrado por la adhesión incondicional o irracional a uno de los dos grandes partidos. Es como el tabaco: todos los que fuman (muchos médicos incluidos) saben que es malo, pero siguen fumando. De ahí que el sentido común siga siendo el menos común de los sentidos, para nuestra desgracia.

Lo único que ha cambiado, en la superficie, es que hay una nueva clase dominante y explotadora dirigiendo el destino de nuestra sociedad y que no es ya la muy socorrida “perversa burguesía”: es la clase política, da igual con qué siglas se vista, porque la poca vergüenza no tiene ideología ni partido, como ya dije otra vez. Ya no me creo la diferencia entre los “hunos” y los otros; el actual PP me ha quitado esa fe, a pesar de que lo de Bárcenas sea una broma, en cantidad y calidad, comparado con la estafa política de los falsos EREs en la taifa andaluza del Psoe (la llamada Autonomía Andaluza). Los actuales políticos son unos profesionales de la política, en el peor sentido: la mayoría de los políticos de esta segunda generación democrática no tiene otro oficio ni beneficio que vivir del cuento, aunque la nación se hunda. Y aunque se vista de seda o de psoe o de pp o de xyz o lmu o de lo que quiera, la poca vergüenza poca vergüenza se queda. Explotando el juego de las apariencias, las interesadas falsas creencias y, en suma, la vanidad ególatra de la plebe moral que somos (entren todos y sálgase el que pueda, como decía mi abuela), completamente indispuesta a reconocer sus errores (voto incluido) y rectificarlos: ya se sabe que eso es más propio de sabios.

Pero, entonces, ¿qué le vamos a hacer? Porque algo hay que hacer ante esta encerrona partidocrática (los xenófilos preferirían “partiTocrática”; yo no). Lo que no puede (debe) ser es abandonar la lucha con una interpretación meramente retórica, puramente pasiva y claudicante del “¿qué le vamos a hacer?”, como yo mismo he estado a punto de hacer. Lo que no podemos (debemos) hacer es admitir sin réplica, con fe ciega, con voluntad cómplice o interesada, la cínica excusa del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (Rajao), cuando hace unos meses, ante una de las remesas de recortes y apropiaciones (expropiaciones) indebidas, tan legales como injustas, recurrió al socorrido “No podemos hacer otra cosa”. Por supuesto que eso es falso y sí se puede hacer otra cosa, y corre por Internet y “todo el mundo lo sabe”.

Para empezar, creo que lo que hay que hacer es no dar por supuesto que no se puede. En segundo lugar, hurgar críticamente el supuesto oculto (o transparente, según se mire o se quiera ver) de tamaña mentira, y que no es otro que éste, perfectamente al alcance de mi inteligencia y de todo el que quiera ver: “… si queremos mantener los privilegios de nuestros familiares y amiguetes, así como el de nuestros cómplices del partido de enfrente”. O sea, no se puede hacer otra cosa si se quiere mantener el privilegio, la corrupción y la impunidad. Erradicarlos auténticamente, por el bien del pueblo, es algo que a esta clase política española actual (hay otro mundo más allá de los Pirineos; no seamos ciegos, derrotistas ni increyentes) parece que ni se le pasa por la cabeza. Y si alguien considera arbitrario este mal pensar, tenga la bondad de ilustrar mi entendimiento aportando un indicio que me permita discriminar entre A (=la clase política se está riendo de nosotros y quedándose con todo lo nuestro) y B (=los servidores de la patria, y en particular el Gobierno actual, tienen la mejor de las intenciones junto con la sabiduría para llevarlas prudentemente a la práctica).

Y el tercer paso de mi visión y propuesta (elemental: simple, decisiva, escurridiza) sobre lo que hay que hacer es seguir ejerciendo la denuncia y la crítica razonada, porque el silencio y la ocultación son los principales cómplices de la maldad. No en vano el enemigo mayor, el obstáculo más temido de la clase política o politicastra (sea monárquica o demagógica), lo que se trata de domeñar y desactivar, es la opinión pública. Sin una opinión pública manipulada no hay más alternativa que la rendición de la maldad o la maldad de violencia y la guerra en la que todos pierden.


Hoy he denunciado (alertado, cuestionado) más que criticado o razonado, al revés que en otras ocasiones. Pero algo he hecho al menos, quizá el mínimo exigible: mantener el esforzado empeño de no renunciar a la legítima guerra de la palabra y solicitar a mis conciudadanos, a quienes hayan incurrido en leer mis palabras, que pensemos conjuntamente, de veras, “¿qué le vamos a hacer?” a esto, a este enredo nacional, a esta democracia en ruina galopante.

CORRUPCIÓN NACIONAL Y GOBIERNO MISERABLE

No hay nada nuevo que decir sobre la situación de desgobierno de España desde mi último apunte reflexivo, ni, por desgracia, ninguna observación o juicio de los que arrepentirme. Este Gobierno traidor es un gobierno mediocre que no está, ni mucho menos, a la altura de lo que la circunstancia española demanda. Mentiroso, cobarde y alejado de la justicia, está haciendo pagar a los inocentes los abusos de los delincuentes con sucesivas medidas de la misma repugnante línea.

Lo único nuevo  que quiero hacer notar, como tremebundo y alarmante, es la falsedad o extravío, poco inocente, del diagnóstico vigente sobre el mal que tan torpe e injustamente afronta este Gobierno miserable (porque más aún que torpe e injusto, insisto, es traidor y cobarde): lo que ocurre sólo indirecta y superficialmente tiene que ver con “la crisis económica” nacional o, mucho menos, internacional. Con lo que tiene que ver esencialmente es con la crisis moral de corrupción y latrocinio sistemático.

No hay crisis que valga para explicar este desastre más que el despilfarro, el abuso y el robo a manos llenas de las arcas públicas, o sea, del dinero y el esfuerzo no de todos, sino de los contribuyentes. De manera incontrolada e incontrolable, impune: por completo alejada de un Estado de Derecho donde impera la ley y todos son iguales ante ella. La “democracia” española está corrompida por una rigurosa partidocracia.

Es tanta la cantidad de representantes del pueblo, políticos y politicastros, en la cancerosa Administración que con su mala administración nos está arruinando  que lo más definitorio que cabe decir de ellos es que, mucho más que representantes, son representativos de la ciudadanía española. Nuestro mal, pues, no es externo ni contingente sino propio e idiosincrásico. No es primariamente económico, sino radicalmente moral; de hecho, la causa de la famosa “burbuja” tanto inmobiliaria como financiera no ha sido sino el irresponsable y codicioso exceso que ha transgredido las reglas de la economía y la prudencia.

De “particularismo” endémico hablaba hace un siglo Ortega en su España invertebrada (cada uno a lo suyo, sin respeto ni visión colectiva). Y no nos hemos recuperado. Cuando, en la Transición y primeros años de la democracia, podíamos haber superado el adanismo moral y cultural, “alguien” (con nombre, apellidos, siglas y cómplices) se ha encargado  de que no levantemos cabeza. Para empezar, destruyendo la educación liberadora, dinamitando el sistema educativo con demagogia rastrera. Y, a continuación, dinamitando la división de poderes, o sea, la garantía institucional de un Estado de Derecho donde el imperio de la ley elimine el privilegio. Lo demás, ya digo (“los otros”), es el “co-co”: la cómplice cobardía.


¿Qué nos salvará de esto, o sea, de nosotros mismos? Sólo la abuela, o sea, sólo cabe ya esperar ayuda de la mecánica e inclemente pedagogía de la naturaleza y el destino: a grandes males, grandes remedios; no hay mal que por bien no venga (si se usa la inteligencia); la precisa hace milagros. Así sea, poniendo un último adarme de lucidez y arrestos por nuestra parte, porque la única alternativa a ello sería la ruinosa de la destrucción omnímoda, no por indeseable menos posible ni, por trágica, una posibilidad inédita.

FELICIDAD Y JUSTICIA O TRAICIÓN A DIESTRO Y SINIESTRO

Blanco es; la gallina lo pone; con aceite se fríe…

De joven voté a la IU de Julio Anguita (unos de los contados políticos honestos de la democracia) por su propuesta de compartir la mitad del sueldo con los parados mientras no dejaran de serlo (y eso que yo ya tenía un sueldo fijo del Estado). Cambié mi voto al PP, sin embargo, porque sólo él se oponía debidamente a ETA y al desastre educativo de la LOGSE: Amicus Plato, sed magis amica veritas.

Ahora resulta que el PP de Mariano Rajao (sic: es el nombre que me merece) tampoco es mi amigo y que, nuevamente, la verdad me obliga a repudiar el partido recién votado. Ya era de temer que, en su anterior y perdida campaña electoral, presumiera de mantener, “al menos”, sus "principios" (por aquello de la abuela, que me resulta la única creíble, conforme pasa el tiempo: “dime de qué presumes…”). Pero cuando en la reciente campaña electoral, que le ha llevado a la Presidencia del Gobierno, priorizó ante todo el problema económico y explícitamente prometió procurar “la felicidad” de los españoles, no pude evitar un estremecimiento de pavor. Yo he leído a Kant (quizá sea uno de los contados españoles que lo hayan hecho, en la democracia o en cualquier momento; es lo que lamentaba nuestro Ortega) y conozco y reconozco su perspicaz distinción entre felicidad y dignidad, la prioridad moral de la dignidad y la precisión de que ésta no consiste en procurar, por ejemplo, una vivienda o un salario “dignos”, sino en la justicia que se cumple cuando cada cual cumple su deber sin contemporización ni excusa que valga. Porque, además, si debes, puedes. (Y, si no, “haz un poder”, que diría castizamente X. Zubiri.) Más aún: expresamente denuncia la impertinencia trágica de alterar el orden de estos dos factores no sólo en moral, sino en política:

… el principio de la felicidad (propiamente incapaz de constituirse en auténtico principio) también conduce al mal en Derecho político, tal y como lo hacía en la Moral, por óptima que sea la intención que se proponen sus defensores. El soberano quiere hacer feliz al pueblo según su concepto, y se convierte en déspota. El pueblo no quiere renunciar a la general pretensión humana de ser feliz, y se vuelve rebelde.

(En torno al tópico “tal vez sea correcto en teoría, pero no sirve para la práctica”, parte II: De la relación entre teoría y práctica en el derecho político. Pg. 44 de la trad. Española en ed. Tecnos.)

Y es que ahora resulta que el PP se ha unido al PSOE (¿seguimos con la abuela: dime con quién andas…; Dios los cría...?) en la negativa a instar la ilegalización de los partidos etarras solicitada por UPyD (http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/21/espana/1329843323.html). No sólo lo hace con saña contra Rosa Díez (“el que se pica, ajos come”, ¿no era, abuela?), lo que convierte en increíbles las racionalizaciones con las que maldisimuladamente pretenden convencernos de que sencillamente no es “prudente” ni “oportuno” ahora el momento, sino con el incoherente argumento de que hay que esperar a que el TC se pronuncie sobre otro partido etarra (Sortu). ¿Por qué no se hace lo mismo con la ley del aborto, que piensa derogarse sin esperar el dictamen del TC? Y, sobre todo, ¿por qué se ha postergado el recambio del actual TC, que es el responsable de la, para mí, prevaricación histórica de consentir, contra el TS, la legalización de los partidos etarras? Es más: ya era más que sospechosa y sintomática la estúpida y perversa alineación de “Rajao” con Rodríguez y cía. en su clamorosa tergiversación, para imbéciles rematados, del último comunicado de ETA. Hoy mismo sigue sosteniendo esa “lectura”, propia de alumno de la Logse, Basagoiti, el lugarteniente en Vascongadas de este émulo de Groucho Marx al que hemos entregado el Gobierno de la nación (“Señora: éstos son mis principios. Si no le gustan… ¡tengo otros!”). http://www.abc.es/20120226/espana/abcp-basagoiti-hemos-derrotado-comandos-20120226.html

Lo demás, infantil mecanismo de defensa de “negación” de los hechos; puro cinismo, vaya.
Así que, como empezaba diciendo, “blanco es, la gallina lo pone…” Que la traición no es privativa de ninguna sigla política, vamos. Que la pérdida de la dignidad está generalizada, y que España, por lo tanto, se merece los Gobiernos que está teniendo, todos del mismo signo, aunque con diferentes siglas; Gobiernos que mienten y se mienten a sí mismos porque han perdido el criterio, el que discrimina justamente entre bienestar y justicia, con lo cual no puede ofrecernos ni lo uno ni lo otro, ni chicha ni limonada: la dignidad por los suelos y los impuestos por las nubes, como siempre, como antes de la Toma de la Bastilla. Que trabajen los tontos y que paguen los de siempre; ya cambiaremos lo que haga falta para que no cambie nunca nada; como en Andalucía, por ejemplo, donde, según su Gobierno, vamos por la “tercera modernización” (y yo, en mi trabajo, sin haber notado las dos primeras).

A dónde vamos a parar, que diría mi abuela, cuando el Presidente de la Nación le dirige la palabra a quien considera de un partido proetarra. (No, no se pueden esperar los convencionales cien días primeros de nuevo Gobierno para comentarlo.) Y además para decirle que le diga que hay que ser buenos. Y el Parlamento nacional casi entero (despreciando a Rosa Díez, obligándola al papel de Sócrates moderno paisano nuestro) suscribiendo un documento que parece de la Logse jurídico-política: la “m” con la “a”, “ma”; el Estado de Derecho expresamente afirma y propone actuar con mecanismos propios del Estado de Derecho frente al terrorismo. Qué valentía. Qué ciencia. Qué manera de ganarse el sueldo y de justificar su puesto. Y yo, tonto de mí, que no lo disfruto (ni puedo siquiera reírme de este ridículo nacional, de este esperpento en el Parlamento) porque he leído a Kant y no puedo quitarme de la cabeza esta sentencia suya de la Doctrina del Derecho (parte primera de su Metafísica de las costumbres, pg. 167 de su traducción española en ed. Tecnos):

Porque si perece la justicia, carece ya de valor que vivan hombres sobre la Tierra.

ESTADO CRÍTICO

Lamentablemente, hay muchos, demasiados motivos para señalarlo: nuestro Estado, nuestro joven (relativamente) “Estado social y democrático de Derecho” (como lo define la vigente Constitución de 1978 en su artículo 1º), se encuentra en un estado crítico. En todos estos tres principales aspectos.

       En lo “social” (economía; Estado de bienestar o, mínimamente, de servicios) ya no se le oculta a nadie de dentro ni fuera el hecho de su ruina acelerada y la depauperación progresiva de los más pobres, para no romper del todo con las más rancias tradiciones del poder. Y aunque ya no hay tanto acuerdo respecto a las causas, yo pienso que tienen mucho que ver con lo que sigue, con los otros aspectos. Veamos.

       En lo “democrático”, ¿cuál es el tono y vigor actual de nuestro Estado? Mucho me temo que, a lo peor, ni sepamos bien todavía lo que decimos  al hablar de democracia y demócratas, incluso por parte de muchos representantes políticos: ha faltado una oportuna y auténtica educación para la ciudadanía. Y sin un criterio apropiado (adecuado y hecho propio) difícilmente podremos juzgarlo y actuar en consecuencia, corrigiendo lo que haga falta. Rescatemos, pues, lo elemental, porque ningún problema puede resolverse si no se reconoce antes; lo cual es imposible sin ideas claras. Así, la democracia, antes que una institución, y como el fundamento, fondo o suelo desde el que florece, es ante todo una mentalidad que, si decae o se eclipsa, puede arruinar el régimen que la expresa. Así es y por eso así siempre ha ocurrido, tanto en la Atenas que la fundó como en la Alemania del siglo XX, por eminentes ejemplos.

Esa mentalidad implica, ciertamente, que nadie es soberano (superior) natural de nadie o que todos somos soberanos de nosotros mismos, con derecho y capacidad (virtual, no efectiva en cualquier caso) para gobernar políticamente, en lugar de conceder el derecho exclusivo de unos cuantos para gobernar siempre a otros. Pero, en consecuencia, el democratismo supone una alta exigencia de responsabilizarnos del gobierno electo, una alerta crítica y una vigilancia civilmente manifestada de sus posibles desvíos, sin sacralizarlo y excusarlo absolutamente porque sea de nuestro partido o lo hayamos votado. Ahora bien, ¿suponemos y buscamos la unión que hace de la democracia el régimen apropiado a una comunidad humana autónoma, o estamos consintiendo una aberrante polarización con la que, en lugar de cooperar y co/rregirnos, nos descalificamos, haciendo oídos sordos a la crítica, venga de la parte del pueblo que venga?

En democracia es lo común (el tronco de la semejanza presupuesto por las ramas y ramificaciones de la diferencia) lo que prima y debe prevalecer sobre lo particular y partidista. Es, por tanto, lo que compartimos lo que debemos preservar y con lo que debemos comprometernos, identificarnos y solidarizarnos todos como pueblo: la nación y el Estado de todos. De acuerdo con ello, si es que, como animales racionales en lugar de brutos, pretendemos la cohesión social que emana de la coherencia lógica, no hay lugar para amigos y enemigos, “buenos y malos”, esa simplificación infantil o primitiva. Políticamente, las diferencias tienen carácter secundario respecto a lo que nos iguala y comunica: la Constitución en cuya virtud nos reconocemos igualmente respetables y fundamentalmente solidarios, porque nos reconocemos básicamente ligados o soldados por nuestra dignidad e intereses comunes. Lo contrario es maniqueísmo precivilizado, egoísmo enmascarado, guerracivilismo disgregador y disolvente de lo democrático, que no ha superado realmente una mentalidad tribal y atávica, como la que se expresa en la actitud de quien “nunca votaría al partido de la oposición”, es decir, la del soberbio e inconsciente dictador preso de la mentalidad de pensamiento y partido único, que casa con la mentalidad democrática como la mona con el vestido de seda.

Para terminar este punto: si bien lo pensamos, el régimen democrático no es sino una aristocracia electiva, es decir, consiste en elegir y reponer a los mejores para gobernarnos en cada coyuntura (no por superioridad de casta), mientras que en las aristocracias y monarquías primitivas la superioridad no es juzgada, propuesta y revisada, sino impuesta, y no puede adquirirse, sino que viene dada por la fuerza y heredada por nacimiento. Absurdo sería, en cambio, pensar (¿será aquí y ahora el caso?) que por estar en democracia todos somos igualmente aptos para el gobierno, que no hemos de superarnos, adquirir capacidad y ser juzgados, que lo mismo vale un ignorante que un sabio para ministro de Sanidad o Economía. Así no se justificarían unas elecciones periódicas y una Administración económicamente tan gravosa.

Por fin, cuanto al Estado “de Derecho”, lo primero es recordar que lo justo consiste en el imperio de la misma ley para todos, sin privi/legio o leyes y derechos privados, sean individuos o comunidades, delincuentes comunes o terroristas. Esto es lo que convierte a una democracia en un régimen legítimo, digno, justo ante la razón (como es siempre reconocible por cualquiera, es decir, por quien realmente quiera), frente al imperio del cambiante gusto. La pregunta se impone: ¿estamos hoy todos (¿pueblo o “masa”?) comprometidos con la defensa de lo que nos une, vigilantes ante la corrupción demagógica y partidista? En este sentido hay hoy cuestiones tan ineludibles como terribles: ¿puede decirse, por ejemplo, que todos los españoles tienen derecho a estudiar en español en España? O, lo que es aún más grave, ¿es mayor la pena para los asesinos reincidentes, o encuentran concesiones políticas indulgentes (y contraproducentes, como cabía esperar de lo que dicta la lógica, el derecho y la experiencia) insostenibles jurídicamente? Quizá la esencia del Derecho sea su distinción de principio respecto de la conveniencia y el bienestar material, la reclamación de la dignidad humana y las libertades y exigencias  que le son inherentes (derechos y deberes) por encima de cualquier otra consideración. Lo cual implica que la función del Estado ha de limitarse a garantizar que las leyes sean únicamente el lógico límite de la libertad en que consiste la dignidad, a saber, la libertad de todos como límite de la libertad de cada uno de los ciudadanos adultos que, como autónomos, procuran libremente por ellos mismos lo que consideren adecuado a su bien, sea individual o asociadamente.

A este respecto, también se levantan gravísimas cuestiones o, más aún, cuestionamientos o reproches sobre la actuación actual del Gobierno: ¿es propio de un Estado democrático de Derecho legislar sobre la comida conveniente (bollería en los colegios públicos), la lectura conveniente (recusación de algunos cuentos, como el de Blancanieves, por “machistas”) y los hábitos privados convenientes (como los sexuales, o el de fumar en los recintos reservados y privados de algunas zonas de los restaurantes o incluso en establecimientos semejantes que, no siendo el tabaco una sustancia prohibida, puedan dedicarse expresa y hasta totalmente a esa opción --al igual que es una opción en el propio domicilio— o como consumir el combustible que parezca conveniente con la velocidad razonable elegida)? El argumento dado (que cabe sospechar con fundamento que en absoluto sea el verdadero motivo) para el último caso de ejemplo (el combustible) no deja lugar a dudas sobre el ilegítimo absolutismo paternalista que delata la incompetencia de este Gobierno no sólo ya en lo relativo a lo “social” o económico, entre otros (casi todos) muchos aspectos de contenido, sino en lo más fundamental, la forma de gobernar, que con su intervencionismo desaforado contraviene la autonomía como timbre de dignidad de los ciudadanos.


Clarificar y plantear todas estas cuestiones es necesario ejercicio de crítica, es decir, el juicio requerido para prevenir o resolver las crisis de la vida, apelando al criterio de principios bien lógicos, bien jurídicos. Sin crítica no hay democracia (el régimen político más propio y exigente de la dignidad humana) que valga o perdure sana. De modo que, si no queremos permanecer en un peligroso estado crítico, no tenemos más remedio que restablecer un Estado crítico permanente y actuar, en todas las formas posibles y legítimas en un Estado democrático de Derecho, contra esta deriva absolutista de la política y el Gobierno. Nos jugamos en ello, antes que la vida o el bienestar, nuestra dignidad de personas adultas.

DIGNIFÍCATE




“Indígnate” es la consigna que he leído hoy en una pancarta. O sea: si Ud. no está indignado, póngase airado. O sea: si no tiene Ud. la dignidad de estar ya indignado, engrose el pelotón de borregos de nuestra confusa o contradictoria causa. Me resulta indignante la proclama. Porque cualquier persona con dignidad y conocimiento ya estaba y está indignada por la situación que padecemos en España, y que tiene como culpable al Gobierno, no al “sistema”. Por lo demás, distingamos en este concepto sus diferentes aspectos. El sistema político que disfrutamos en España es el mejor que hemos tenido, el más excelso, una democracia constitucional o de Derecho. Da igual, en este caso, cuál fuera su origen o inicio desencadenante, la circunstancia política de 1978: lo que importa es su esencia y consistencia, que sólo se puede menospreciar o despreciar de modo ignorante o perverso. Esto es lo que toca a la dignidad porque toca a la justicia, al respeto, a la legalidad, a las formas de convivencia civilizadas frente a la inveterada y bárbara, al deber y al compromiso como valor supremo y condicionante del bienestar mismo.


Hay que distinguir y jerarquizar estos dos valores. El del bienestar o felicidad tiene que ver, pragmáticamente, con la economía, con el sistema económico. Contra ambos se dirige confusamente (priorizando perversamente el segundo) este movimiento insurrecto, de origen y final incierto. Pero no ver la inviolabilidad del primer sentido del “sistema” lo descalifica por completo, debiendo producir una seria alarma: ¿saltarnos la legalidad, cuestionar la formalidad democrática que por fin disfrutamos en España, aunque su ejercicio suponga una lucha y autocrítica constante, negar que lo que tenemos sea una democracia porque, como todo, sea falible y perfectible? ¿Desde qué noción alternativa de “democracia”: la asamblearia, la arbitraria, la de la agitación y la rebelión permanente (o de sospechoso oportunismo)? Entonces no están defendiendo nada; nada que merezca nuestra atención. Y pierden toda razón que nos solidarice con ellos en lugar de que queden en minoría anómala. Porque entonces defienden la dictadura de los iluminados, que se sienten por encima del bien y el mal y ponen hipócritamente en su boca la palabra “democracia” como la ponían la “democracia popular” soviética o cubana o la “democracia orgánica” franquista. Y si no quieren democracia auténtica (diálogo, lucha de razones, atenimiento al principio de la mayoría), entonces son, aunque quieran engañarnos y se engañen, despreciables dictadores o simples y resentidos adolescentes. No tiene justificación alguna que infrinjan las reglas de juego del Estado democrático de Derecho (insumisión frente al dictamen de la Junta Electoral que prohíbe su concentración en día de reflexión electoral) y se arroguen la representatividad del pueblo frente al Parlamento, contraviniendo el dictamen de nuestras instituciones, las de la democracia de derecho que la mayoría del pueblo español acordó darse civilizadamente, para cambiar y mejorar nuestra historia.


En cuanto a la proclama contra el “sistema” capitalista, tan ingenua y desfasada, después de la desastrosa experiencia histórica del comunismo (la ideología que hay detrás de IU; el partido que alienta a las claras a estos antisistema recolectores de indignos despistados o pasivos hasta ahora no indignados), volvemos a las mismas: ¿acaso proponen, en lugar de su control o reforma, aniquilarlo por revolución violenta en lugar de por vía democrática, dialógica, con razones y convicciones que se conquistan, en lugar de por cojones y por las armas? ¿No? Entonces, ¿cómo cuestionan la democracia real que disfrutamos y contravienen sus decisiones legales? Ya tenemos medios, tanto dentro como fuera del Parlamento, para, desde y con la democracia, luchar por la justicia social y económica. Pero saltarse la justicia legal los descalifica y reduce, en el más cándido de los supuestos, a adolescentes, inmaduros, tardorrománticos, ignorantes de la historia y de sí mismos. Si, en cambio, lo que pretenden, es justificar eventualmente la violencia, la indulgencia y connivencia con el terrorismo que ya se percibe en España (y que los demócratas reales, sin embargo, encajamos democráticamente pese al desacuerdo con el Tribunal Constitucional), entonces esto no es justicia sino guerra y lo suyo, simplemente, un recalcitrante manifiesto comunista que, como muestra la historia (tanto pasada como reciente), utiliza el Estado de Derecho hipócrita y cínicamente, según convenga (como la “filosofía” de Rubalcaba).

Los verdaderos demócratas, entonces, sólo tenemos un medio de luchar contra esta barbarie ignorante o artera y maquiavélica: utilizar el sistema, el sistema y los mecanismos democráticos, para contener este movimiento y a sus cómplices, votando el próximo domingo a quienes más alejados se encuentran de esta disparatada confusión sobre nuestro “sistema”: los que defiendan el Estado de Derecho como fin y valor absoluto (no como un medio) y a quienes más competencia económica se les presuma. Es cuestión de auténtica dignidad y justicia, que incluye dar su merecido electoral a los causantes o aprovechados de nuestra actual ruina económica. No, señores: sólo en la noche de la ignorancia son pardos todos los gatos y se difumina el nombre propio de los responsables de cada cosa. Nadie es perfecto; ni Uds.; eso ya lo sabemos la mayoría sensata, que nos dimos una democracia constitucional para juzgar cada cuatro años la gestión mejor o peor de nuestros representantes. De eso, ni más ni menos, se trata de nuevo ahora.

DEMÓCRATAS Y DEMÓCRITAS (MÁS SOBRE “PODEMOS”)

¿Increíble? ¿Cierto? Según diversos medios de contaminación informativa ( http://www.libertaddigital.com/espana/politica/2014-11-02/pod...