FRANQUISMO

Y ya que nos referimos en nuestro anterior apunte cibernético a la libertad de expresión, tomemos nota de otra muestra sociopolítica para saber cómo le va hoy en la patria a este  valor constitucional, esencia de la vida humana tras el de la vida misma, si es que hemos de distinguirnos de los borregos sumisos y los corderos que se dejan llevar en silencio al matadero.

Así que, por lo visto, derecho a expresarse, a expresar opinión, sobre todo si es verdadera opinión (fruto de la investigación o la reflexión) y no exabrupto articulado, sólo la tiene el que coincide con ellos. Que ¿quiénes son ellos? Por favor, no nos hagamos los tontos, que esto muy serio. Los que tienen por costumbre desde siempre en este país poner verde a la Iglesia católica por lo que hace, porque en realidad hay cosas que hace o ha hecho de las que a ellos les gustaría tener el monopolio (envidia cochina, vamos, no de la “sana”). No me refiero, por supuesto, al mantenimiento de la cultura clásica ni a la fundación de universidades y escuelas ni, mucho menos, a la de hospitales y asociaciones para subvenir la miseria económica a la que suelen llevar al pueblo los gobernantes antiguos y modernos, se vistan de lo que se vistan; no. Me refiero, por supuesto y por ejemplo, al monopolio del dogmatismo y de la inquisición fiscalizadora y punitiva de las creencias y opiniones; al monopolio de la hoguera para libros o personas y al de la persecución de opiniones que se apartan de su presunta ortodoxia sobre cualquier cosa… sin distinguir 8 de 80, que es la esencia de la injusticia (justicia es dar a cada uno lo suyo, no más ni menos) y de la barbaridad lógica.

De manera que ahora “algunos” consideran que lo mismo es nazismo (o sea, nacional-socialismo) que franquismo (véase http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/10/espana/1381418115.html). Lo que no me explico, ya puestos a meter en el mismo saco sapos y culebras, es que no amplíen la ecuación a, no sé, las galletas María, por ejemplo, que ya se vendían mucho en el tiempo de “el dictador” (qué gracia, como si sólo hubiera habido uno, por todos conocido, y no hubiera habido ni haya dictadores no ya en el nacionalsocialismo sino en el sedicente “socialismo” a secas, de antes y de ahora). Lo mismo da un genocidio de seis millones de civiles que las cuentas macabras de los muertos de los dos bandos en una guerra civil, dejando aparte los muertos de la preguerra (de un bando) y los de la posguerra (del otro). En la noche del totalitarismo (y de la ignorancia o la propaganda oscurantista para un pueblo al que se priva de la constitucional y adecuada educación básica en toda una transición democrática que dura ya más de tres décadas y que no se acaba), todos los gatos son pardos. Todo lo que no sea lo que yo digo (no diré lo que “pienso”, por respeto al pensamiento serio), no cuenta ni ha de contarse a nadie nunca, so pena de cárcel.

Más claro: algunos (“ellos”; los, para mí, auténticos “dictadores”) pretenden equiparar franquismo y terrorismo. O peor, por lo visto: los que no denigren absolutamente el franquismo, a la cárcel; los terroristas que han tenido que pasar por la prueba de matar niños y civiles cualesquiera en plena transición democrática en pro del movimiento socialista de liberación del pueblo vasco, fuera (de la cárcel, digo). Dios los cría y ellos se juntan, por lo visto (y los cobardes siempre hacen de estera o alfombra rastrera y muda). Que la verdad la dictan ellos; a tiros si hace falta, porque no es lo mismo que si lo hicieran losotros, que, a diferencia de nosotros, siempre son los malos y así debe ser por decreto que no deje lugar a duda alguna en ninguna cabeza.

Libertad de investigación, libertad de conciencia y libertad de expresión, que se llama. Libertad, dentro de los límites no ya de la lógica o la justicia, sino de lo que ellos marcan: eso no se piensa, eso no se dice, eso no se juzga como a Ud. le parezca. Madre mía, si estos hunos del pensamiento libre y los actuales hotros (con “h” de bárbaro o Atila, el rey de los hunos, de infausta memoria mientras no la prohíban) de la condescendencia acomplejada o igualmente canalla (cualquiera sabe, de los secretos del alma), se tomaran igualmente en serio el delito de apología del terrorismo, es decir: si no se rieran de él (y de las víctimas del terrorismo) todos los días. Entonces en España habría efectivamente justicia, o sea, democracia no orgánica (la de Franco) o popular (la comunista o socialista de Stalin, Largo Caballero –“el Lenin español”, que no pudo llevarla a cabo, por culpa de “el dictador”-- o Fidel Castro), sino democracia de verdad, de la buena: la democracia de derecho, que empieza por tomarse en serio, so pena de cárcel, los derechos liberales y antiabsolutistas de la vida, la libertad y la propiedad de las personas.

Así que nada de ciencia ni de moral como autogestión educativa de los pueblos libres y soberanos, no: dictadura del pensamiento. Yo te diré si te permito ponerte gordo o no, prohibiendo la bollería en los colegios públicos, y yo (“nosotros”) te diré qué debes pensar de esto o lo otro (historia, política, sexo), si es que debes pensar sobre ello en absoluto. Porque esa es la otra, la complementaria jugada de este totalitarismo: borrar de la memoria popular toda seña de Franco, mediante la iconoclastia más arbitraria y desvergonzada; Spain sigue siendo different; o sea, igual de idiota o particular (etimología griega de la palabra, no insulto gratuito; vayan a ponerme una querella los que creen que saben de todo y se ofenden por cualquier cosa que no entiendan).

¿Qué les parecería a Uds. que los franceses borraran de las calles, de los libros y de los museos la imagen, el nombre y la memoria de Napoleón, porque fue un “dictador”? Como si los dictadores que hay en el mundo fueran pocos y estuvieran ya muertos; nos toman por tontos, sin duda. ¿Qué tal borrar de la memoria todo lo que los hunos o los hotros consideran inapropiado o incierto? ¿Qué tal borrar también de nuestra “memoria histórica” y del nombre de calle alguna, en buena lógica equitativa, a Largo Caballero, por haber comandado la revolución de octubre del 34 contra el régimen republicano y que siguió pretendiendo expresamente después (para libertad de expresión, ésa) no la democracia o la república liberal sino la revolución comunista con su desprecio de la democracia “burguesa” y la pretensión de una dictadura “del proletariado”?

Pues más vale prevenir que intentar salir de la cárcel cuando estos celosos vigilantes del pensamiento, la ciencia y la justicia particulares (¿!), que “dialogan con terroristas” (¿!), logren imponer su parecer e invadan nuestras conciencias mediante la proscripción jurídico-política del juicio sobre la historia y de la historia (“memoria histórica”) misma. De modo que, antes de que sea tarde y me penalicen por ello, voy a darme el mismo gusto que “ellos” (los, para mí, “dictadores” sin causa), diciendo lo que pienso de Franco y del franquismo.

Es una nota, ya les digo; lo único necesario para que quien quiera reconocer las cosas por encima de sus filias y fobias prejuiciosas y su emotividad veleidosa, pueda nutrir el pensamiento con verdades como catedrales (no sé si dentro de poco se me prohibirá también la metáfora o si tendré que utilizar otra: “verdades como mezquitas” o “verdades como soviets” o “verdades como checas”). Ahí vaya, vaya:

¿Qué creen Uds. que habría pasado en España si Franco no gana la guerra? (Qué mala es la guerra, qué mala la dictadura, qué mala el hambre y qué mala la crisis). Eso sí es verdad que, miren Uds. por dónde, no quiero ni pensarlo; en esto coincido con “algunos” de losotros españoles, aunque me temo que por motivos opuestos. ¿Deliraba Franco cuando dijo salvarnos de la revolución y dictadura comunista? Creo, y no creo que sea fe religiosa ni sectaria, que no. Y es que está lo malo y lo peor, que es peor, como la propia palabra indica. Y bueno, bueno, aún no ha demostrado nuestro pueblo que sea: de ahí que hayamos convertido la Transición a la democracia en una historia interminable y aún estemos hablando de estas cosas y criticando estas barbaridades impropias de una democracia de derecho.

Los que distinguen tres en un burro, 8 de 80, gato de liebre y justicia de venganza, distinguen en el régimen de Franco tres etapas distintas. A mí me tocó vivir la tercera y última, aquella en la que yo pude estudiar con beca, como mis dos hermanos, y terminar una carrera y ascender, como ellos, en la escala social, cultural y económica, pese a ser mi padre un modesto empleado. Las razones (que no sé si tendré que borrar por decreto de mi memoria, con tal de no ir a la cárcel) son las siguientes:
                a) no me morí de enfermedades tercermundistas, porque Franco estableció una Seguridad Social envidiable y ya pudimos ir al médico los que no teníamos dinero;
                b) no me morí de hambre porque la legislación laboral de Franco obligaba a las empresas a mantener de por vida en nómina a un trabajador que ya llevara un año en la empresa, como le pasó a mi padre, sin sindicatos socialistas ni presuntos cursos de formación de empleo y otros inventos al efecto de darnos gato por liebre;
                c) no me morí de pena, por falta de cultura, porque, ya digo, había becas para los que estudiábamos de verdad y, a pesar de la baja extracción sociocultural, oh milagro, con motivación por la educación verdadera, exigencia y disciplina podíamos movilizarnos socialmente en el mejor de los sentidos: subir en la escala social por nuestro esfuerzo, capacidad y mérito.
                Sería, pues, un mal nacido (de los que ya bastantes hay, por cierto) si, olvidando todo esto, no lo agradeciera. Lo que sí querría olvidar cuanto antes es la pesadilla de que ignorantes o sinvergüenzas de alta calaña manipulen la historia y pretendan manipular las conciencias, como lo vienen intentando sin falta, aunque lo mientan a la manera de los sastres, rey y populacho del cuento de Andersen El traje del emperador (el que sólo veían los listos y listas; pero qué listos y qué listas de espera provocan en todos los asuntos que importan; total, ellos viven no en la inopia, sino en la abundancia y, a más señas, en La Moraleja).
                Por cierto: ya puestos los que así se pongan, si no se oponen losotros, que no olviden el delito vigente de apología del terrorismo y no excluyan de él ni a la Eta ni al resto de antisistemas que predican, si no la revolución y la guerra, la alteración sistemática de las reglas a que nos sometemos los demócratas, menos listos y valientes que ellos.
                Por cierto bis: qué manera de manipular en la prensa: en casi toda ella, que he consultado, se dice que “sólo” el PP se ha opuesto a esta pretensión (absurda y sectaria) de demonizar legalmente el franquismo y zanjar la discusión al respecto por quienes (afortunadamente) perdieron la guerra. “Sólo” el PP, o sea; sólo más de media España, sólo la mayoría absoluta de los españoles. Sin comentarios.

SUMISIÓN-2

Es increíble: “”El Parlamento andaluz acuerda instar a la Junta a ejercer acciones contra ‘Cásate y sé sumisa’” (http://www.ideal.es/granada/20131204/mas-actualidad/andalucia/parlamento-acuerda-instar-gobierno-201312041710.html).

Como sé que te gusta el arroz con leche, por debajo de la puerta te meto un ladrillo. ¿Captan la lógica interna de la afirmación? Si la respuesta es “no”, entonces no estarán en condiciones de captar la lógica del Parlamento andaluz al instar a la Junta a ejercer acciones contra el libro de marras.

Al parecer de esta gente que nos representa y cobra de mi sueldo congelado y mis pagas extras navideñas, que parece estar en posesión de una cultura de elevación inasible y abismal sabiduría, la “sumisión” es una cosa muy mala que produce asesinatos de género y por tanto debe suprimirse de las publicaciones andaluzas. No es una palabra con varios significados o con sentidos diferentes según su uso y contexto. Se reduce a lo que ellos saben y creen que les dará rédito electoral para mantenerse en la cosa pública.

Por lo visto (a ver si lo entiendo) sólo hay sumisión impuesta; o elegida pero sin conciencia. No habría sumisión libre, o sí, pero por impotencia para otra alternativa. La sumisión sería siempre una rendición forzada y canalla. Así que olvídense Uds. de que haya una sumisión buena buenísima, de calidad suprema, que fuera la sumisión consciente, libre y potente a lo que o a quien merece la pena: al dictado de la conciencia, a la ley que nos ordena, al amado que nos ama y que comparte con nosotros una entrega mutua y recíproca. Y qué decir de someterse a la santa voluntad de Dios, el Creador que nos ha dado la vida y a quien debemos correspondencia agradecida por su gratuita gracia; prohibidas esas creencias; como ellos no las tienen o no las tienen en cuenta, deben de ser de gilipuertas y no pueden ser publicadas (por la Iglesia católica; otra cosa es el Islam, la religión más elevada, o cualquier secta de las novísimas).

Así que aquí sólo se dice lo que ellos digan: de “sumisión”, nada de nada; sólo a lo que ellos digan que puede decirse; como si fueran Dios o la persona amada o nuestra propia conciencia. Pero sin nombrarla, por supuesto. Sumisión a esta junta de sabios y demócratas, pero de la más segura y pura: la que no se nombra siquiera, sino que se da por supuesta y no admite crítica alguna.

Yo, por supuesto, sólo consideraría punible un texto que incite directamente, sin interpretación buena ni mala, a la violencia no ya de género sino del género que sea, pero con muerte incluida. Como ocurre ya en nuestra patria con el delito de apología del terrorismo, aunque no se aplica en absoluto ni esta Junta ni la del centro de España la ponga en práctica (por lo visto hay cierto género de violencia que no les resulta antipática, sino que los pone tiernos y compasivos; es lo que tiene la Eta, por lo visto: que es muy persuasiva).

Como tampoco prohibiría los huevos, por más que a algunos se les ocurra tirárselos podridos a la cara a los diputados del Parlamento; ya tendría huevos la cosa. Tampoco prohibiría los libros (ni les pondría censura alguna… excepto el delito, claro, de apología del terrorismo o asesinato), por más que algunos los usen, al igual que los panfletos o los folios o el Boja mismo, para entorpecer las mentes en la búsqueda de la verdad en lugar de facilitarla; lo mismo resulta conveniente, para excitar la crítica y poner en activo la mente, que es la responsable de lo que se piensa, no los libros ni las leyes ni las pistolas.

Semejantes prohibiciones de lo normal y bueno por si alguien mal lo usa nos llevaría a prohibir la vida porque lleva seguramente a la muerte. Y además, como yo también tengo mente y puedo buscar la verdad o decir tonterías, pues quiero usarla yo también libremente como un adulto que se arriesga y no como un niño al que protegen (en el mejor de los casos) o del que abusan. Igualdad, vamos, en la libertad y en el ejercicio del pensamiento. Lo propio de la democracia de derecho.


Menudos demócritas éstos. No, no es un lapsus plumis ni una errata informática: quiero decir lo que he escrito, demócritas;  falsos demócratas, vamos. Hipócritas de la democracia que sólo la usan para imponer lo que les conviene y seguir sacando del saco de la casa de todos o cosa pública. Es que viven de eso y no saben hacer otra cosa, por lo visto. Insumisión, con ellos.

SUMISIÓN-1

Yo soy yo y mi Jorgito, que es mi circunstancia más pequeña, aunque las apariencias engañan. De modo que yo no puedo, hoy por hoy, redactar artículos o entradas de blog. Pero tampoco puedo ni quiero dejar de ejercitar esa función que tanto me gusta y que suena tan fina y tan rara: observador crítico de la constitucionalidad actual española. O, mejor, de cómo se viven los valores constitucionales en nuestra democracia de derecho, que sigue aún siéndolo por muy moribunda y cancerosa que la estemos poniendo en la práctica.

De modo que cambiaré el género: paso del artículo menor o “entrada” bloguera al “apunte cibernético”, que es una suerte de nota que nota notera, que tendrá, espero, una ventaja: su mayor fluencia y abundancia. Voy a estrenarla ya, que los asuntos se agolpan y las semanas vuelan.

Recientemente se ha publicado en Granada, por una novísima editorial arzobispal, un libro (dos, ya) de una periodista italiana sobre su concepción del matrimonio: Cásate y sé sumisa (http://www.elmundo.es/andalucia/2013/11/11/528115f361fd3d8a608b4572.html). El título, desde luego, es como para meter en un reformatorio escolar o mental a la autora (descartando, en principio, que se trate de la repugnante estrategia comercial propia de un sinvergüenza); o para dejar que se mustie en el escaparate de la librería, que es el modo civilizado de desprecio propio de una democracia de derecho, a mi juicio.

Al parecer, sin embargo, el contenido se aparta en buena medida del desatinado título y no justificaría el furor maniqueo desatado por los meapilas laicistas de la Santa Indignación atea y comecuras (hoy otra vez de moda, a falta de cultura, como siempre) que lo han denunciado por fomentar, supuestamente, la violencia machista, y a los que se ha unido también otra cofradía de valientes (bastante menos con los terroristas, por supuesto; con la Iglesia sale gratis la infamia) y ciegos adoradores de lo políticamente de moda, capaces de rajoyrse (libre expresión mía, si aún se me permite en esta hora democrática) o traicionar cualquier principio, si es que alguna vez lo tuvieron (léase “Patulea de Petardos” en el poder; PP, para la historia): hasta la ministra Mato se ha apresurado a avalar la bulla anticlerical armada por los otrora contrarios, pidiendo al Arzobispo que retire la obra de las estanterías. Qué bárbaro, digo qué bárbara. Si constituye delito, que lo retire el Gobierno mismo sin más contemplaciones ni diálogo y sancione civilmente al obispo (ya, ya sé que esto es pedirle peras al olmo: para coherencia y valentías están éstos; pues que dimitan y dejen de vivir de mi sueldo). Y, si no, que no juegue a obispa ni avispa intentando pastorear al obispo, o sea, que no haga el ridículo ni pierda los papeles de esa manera, que da vergüenza ajena desde afuera de nuestras fronteras.

Son dos los valores constitucionales patrios que veo conculcados en esta liza: uno, el de la educación básica obligatoria de que habría de revestirse el pueblo soberano, que veo afectado por la ignorancia supina acerca de las matrices culturales que nos constituyen o rodean (una desgraciada herencia o lacra de nuestra Transición democrática, que lo ha politizado todo, educación incluida). Otro, el de la libertad de expresión, pavorosamente indefinido e indigerido por quienes expresan tan francamente su oposición a la expresión ajena; combinado con el anterior: sin saber qué dice el libro y sin saber siquiera lo requerido acerca de su mismo título. Me explico. Creo que valdrá esta nota para posicionarse en el asunto con suficiente conocimiento y juicio, al contrario que los que están armando el circo mediático, ya que no hay circo romano como el antiguo para castigar como ellos parece que quisieran a los seguidores de un tal Jesús, infieles que se atreven a contradecir las modas políticas sobre los principios de siempre (los verdaderos, vaya; porque no hay nada en la Constitución española ni en la Constitución europea que no estuviera ya en el Evangelio cristiano; cuestión de memoria histórica, si nos ponemos a ello de veras).

“Sumisión” llevaba por título el documental con el que el cineasta holandés Theo Van Gogh (bisnieto del famoso pintor), con guión de la famosa escritora somalí occidentalizada Ayaan Hirsi Ali, denunció la humillación a que es sometida la mujer en la cultura musulmana, y por el que fue asesinado por un musulmán marroquí, según dejó por escrito el asesino tras pegarle decenas de tiros y de puñaladas previas al degüello, como manda el Corán hacer con los infieles, esto es, con los insumisos.

Lo que no parecen saber estos indignados denunciantes (de los tres partidos políticos con más representación en Andalucía: comunistas, socialistas y populares, como se llaman ellos a sí mismos en libérrimo uso de la libertad de expresión) es que “sumisión” es también, simple y terroríficamente, el nombre de la religión a que pertenece el referido asesino: el Islam (“sumisión”, en árabe). De manera que no se requiere extremismo alguno para que los muslines o musulmanes (sumisos, en árabe), como los llamamos en nuestro idioma español, consideren como deber suyo degollar al prójimo que no cree o piensa lo mismo. Basta ser coherente con el Corán, como nota Ayaan Hirsi Ali, que sabe de lo que habla por teoría y por la práctica. Aunque, en este caso afortunadamente, la gente suela rajoyrse, es decir, sea poco coherente con los principios que dice y promete; menos mal que la mayoría de los musulmanes ni leen ni se toman en serio la doctrina del Corán islamista.

¿Cabría, quizá, interpretar, que lo de “Islam”, o sea, “Sumisión”, sea una interpretación o un uso libre de la expresión? Pues va a ser que no, miren Uds. por dónde: porque “Corán”, a su vez, significa en árabe “Recitación”, y así lo leen los musulmanes en todas las mezquitas del mundo, la mayoría sin saber lo que leen o recitan porque no conocen el idioma árabe en que está escrito (como antes nosotros con el latín de la misa). De manera que, expresa y literalmente, en la religión musulmana no hay interpretación que valga de su sagrado libro y doctrina.

De todos modos, ¿por qué nuestros furiosos denunciantes políticos, tan celosos de la ortodoxia política, tan indignados con la Iglesia católica y con una periodista romana, no conceden ni practican la misma libertad expresiva e interpretativa que, aunque imposible de aplicar a los musulmanes, podría aplicarse a nuestra cultura cristiana? ¿Por qué no exigen, también desde el Gobierno central incluso, que se retire el “Corán” y se prohíba la expansión del Islam, que tanta sumisión predica que constituye su esencia misma (y no a Dios sólo, no: de la mujer al hombre, como el Corán manda y los musulmanes, mire Ud. qué fieles en esto, practican)? ¿Por qué no se aplica rigurosamente al Corán, y al Islam mismo que por él se rige, la legislación vigente, que penaliza el delito de apología del terrorismo (cosa que no podrá hacerse con el Nuevo Testamento cristiano por más que se lea la letra pequeña y que algunos asesinos de la Edad Media hayan usurpado el nombre de “cristianos” al tiempo que, como la mona, se vestían de oro y seda)? ¿Ya no rige el principio de igualdad ante la ley (otro valor de la Constitución española) o, como antes se decía, “o todos moros o todos cristianos”? (Por cierto, ya puestos a ser rigurosos y coherentes, ¿por qué no se retira de las librerías la obra de Karl Marx, el Manifiesto comunista por ejemplo,  y se mete en la cárcel por apología del terrorismo a todos los que lo citan, propagan y practican, y que tantos muertos, y no sólo muertas, han producido?)

Respuesta (para no dejar lugar a interpretaciones dudosas o ilegítimas): tengo la certeza moral de que estos políticos que juegan a indignarse con otros (como si no tuvieran motivo para hacerlo con ellos mismos, como la religión cristiana que hemos mamado predica) no saben lo que es sumisión, ni lo que es Islam, ni lo que es Corán, ni lo que es la mansedumbre cristiana; ni la libertad de expresión ni la libre interpretación, uso y explicación de conceptos (en un libro entero, si hace falta y quiere Ud. leerlo; que por estos lares nadie obliga).

Más aún; me atreveré a expresar mi sospecha, que creo fundada en lo expuesto, de que no es ya que ignoren la Constitución, además de la cultura islámica y la cristiana, sino de que no les importa un pimiento ni eso ni la diferencia entre 8 y 80, ni entre ninguna religión, sea la fundada por un crucificado que murió perdonando tras haber predicado el amor a los enemigos, o la fundada por un guerrero que, además de cambiar la norma árabe de la poligamia para poder tomar como esposa a una niña de nueve años (pederastia lo llamaríamos en Occidente, si se me permite la libertad de expresión o de llamar a las cosas por su nombre) predicó el degüello literal y físico a los insumisos a su doctrina (yihad, en árabe).


Lo único que parece importarles a estos valientes adalides de la ideología de moda (repito lo de “valientes” con el sentido irónico de “valientes valientes éstos”, que no se atreven con el Islam, sólo con la Iglesia católica, que es mansa) yo lo dejo a la libre interpretación de Uds., aunque no hay duda de su interés en calumniar y denostar a quienes no se dedican a robar ni el dinero del pueblo ni el significado común de palabras sagradas tomadas en vano (vida, libertad, igualdad, pensamiento, derecho, diálogo, democracia,…) sino a hacer el bien y entregar su vida entera por legiones (salesianos, franciscanos, combonianos, maristas, mercedarios, escolapios, Hijas de la Caridad, claretianos, jesuitas… no sigo, porque esto era una nota y necesitaría varios folios para terminar la lista. Ya lo sé; lo de la “nota” era una broma.) Debe de dar mucha envidia, además de ser muy contrario a la propaganda, que la ideología y la práctica propias, aparte de palabrejas y palabrotas, sólo aporte una ruina omnímoda, como acredita la historia. Yo me declaro insumiso a ellas.

¿QUÉ LE VAMOS A HACER?

Lo poco espanta y lo mucho amansa, reza el dicho popular. A eso se debe mi prolongada huelga verbal en este blog (de ahí no haberme percatado de los comentarios recibidos, que acabo de leer y publicar; gracias por ellos). Me ha paralizado la reiteración, extensión y enormidad del desatino y la iniquidad gubernamentales. El Gobierno (el actual, como el anterior) no ha dejado de adecuar su actuación al deplorable juicio que me había merecido, para quebranto de la mayoría de los españoles. Además, caí en pensar que cuando la evidencia es tan gruesa y palmaria resulta superflua la insistencia crítica.

Pero qué va; puro hastío e ingenuidad míos. Nunca es ociosa la crítica o la denuncia. Pues lo que a mí me parece traición palmaria (la legitimidad para gobernar no se gana sólo en las urnas, sino en el cumplimiento del programa votado), a otros les parece genialidad digna de palmas, sólo que exige mayor inteligencia que la mía para ver el sentido de lo que realmente está ocurriendo y haciendo este Gobierno. Así, me encuentro con que en los dos bandos o bandas, los de los dos grandes partidos (o partidas), y no sólo de uno (al que se le siguió votando pese al GAL y la corrupción generalizada en todas las esferas e instituciones del Estado), la gente sigue aferrada a deseos y creencias, por ilusas que sean, y a interpretaciones enrevesadas que todo lo justifican, hagan lo que hagan “los suyos” (entiéndase rectamente: los que se quedan con lo suyo de Uds. o ellos como si fuera suyo o de ellos mismos que, con la banca, siempre salen ganando). Al decir de muchos, el jefe, si es del partido propio (del p. p.: el suyo, pero suyo de él, aunque el pagano votante se confunda una y otra vez), no abusa de la secretaria, la cuida; ni lee el periódico en las horas de trabajo, es que se informa.

Porque éstas tenemos: habla uno con algunos de las medidas que palmariamente nos sacarían de la ruina y cuya palmaria evidencia corre por Internet (fuera privilegios y despilfarros, o sea: fuera subvenciones a partidos políticos y sindicatos y fundaciones y asociaciones políticas enmascaradas, fuera empresas “públicas” de falsos funcionarios, fuera “consejeros” fantasmas desde las concejalías a la presidencia del Gobierno, fuera “embajadas” de las Autonomías, fuera televisiones “públicas” sean centrales o autonómicas, fuera diputaciones o más de la mitad de los ayuntamientos, etc.) y encuentra asentimiento enfático. Pero luego se encuentra, en las prospecciones demoscópicas, con que todavía la mayoría de los ciudadanos seguiría votando a los partidos mayoritarios.

Por lo que es de temer algo aún peor, a mi juicio: que el minoritario totalitarismo comunista decimonónico gobierne próximamente España, como lo hace ya en Andalucía condicionando la política del Psoe, al igual que hasta ahora han gobernado de hecho las minorías nacionalistas, separatistas y destructoras de España, a falta de un partido mayoritario que obtenga mayoría absoluta (posibilidad aniquilada por el partido que hoy ocupa La Moncloa).

Así que “toda España” sabe lo que se podría hacer para salir de la ruina: eliminar los privilegios, la corrupción (que es incluso estructural y legalizada: la división de poderes no existe en nuestro país ni de hecho ni de derecho) y la impunidad. Pero casi ningún español lo haría, porque está secuestrado por la adhesión incondicional o irracional a uno de los dos grandes partidos. Es como el tabaco: todos los que fuman (muchos médicos incluidos) saben que es malo, pero siguen fumando. De ahí que el sentido común siga siendo el menos común de los sentidos, para nuestra desgracia.

Lo único que ha cambiado, en la superficie, es que hay una nueva clase dominante y explotadora dirigiendo el destino de nuestra sociedad y que no es ya la muy socorrida “perversa burguesía”: es la clase política, da igual con qué siglas se vista, porque la poca vergüenza no tiene ideología ni partido, como ya dije otra vez. Ya no me creo la diferencia entre los “hunos” y los otros; el actual PP me ha quitado esa fe, a pesar de que lo de Bárcenas sea una broma, en cantidad y calidad, comparado con la estafa política de los falsos EREs en la taifa andaluza del Psoe (la llamada Autonomía Andaluza). Los actuales políticos son unos profesionales de la política, en el peor sentido: la mayoría de los políticos de esta segunda generación democrática no tiene otro oficio ni beneficio que vivir del cuento, aunque la nación se hunda. Y aunque se vista de seda o de psoe o de pp o de xyz o lmu o de lo que quiera, la poca vergüenza poca vergüenza se queda. Explotando el juego de las apariencias, las interesadas falsas creencias y, en suma, la vanidad ególatra de la plebe moral que somos (entren todos y sálgase el que pueda, como decía mi abuela), completamente indispuesta a reconocer sus errores (voto incluido) y rectificarlos: ya se sabe que eso es más propio de sabios.

Pero, entonces, ¿qué le vamos a hacer? Porque algo hay que hacer ante esta encerrona partidocrática (los xenófilos preferirían “partiTocrática”; yo no). Lo que no puede (debe) ser es abandonar la lucha con una interpretación meramente retórica, puramente pasiva y claudicante del “¿qué le vamos a hacer?”, como yo mismo he estado a punto de hacer. Lo que no podemos (debemos) hacer es admitir sin réplica, con fe ciega, con voluntad cómplice o interesada, la cínica excusa del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (Rajao), cuando hace unos meses, ante una de las remesas de recortes y apropiaciones (expropiaciones) indebidas, tan legales como injustas, recurrió al socorrido “No podemos hacer otra cosa”. Por supuesto que eso es falso y sí se puede hacer otra cosa, y corre por Internet y “todo el mundo lo sabe”.

Para empezar, creo que lo que hay que hacer es no dar por supuesto que no se puede. En segundo lugar, hurgar críticamente el supuesto oculto (o transparente, según se mire o se quiera ver) de tamaña mentira, y que no es otro que éste, perfectamente al alcance de mi inteligencia y de todo el que quiera ver: “… si queremos mantener los privilegios de nuestros familiares y amiguetes, así como el de nuestros cómplices del partido de enfrente”. O sea, no se puede hacer otra cosa si se quiere mantener el privilegio, la corrupción y la impunidad. Erradicarlos auténticamente, por el bien del pueblo, es algo que a esta clase política española actual (hay otro mundo más allá de los Pirineos; no seamos ciegos, derrotistas ni increyentes) parece que ni se le pasa por la cabeza. Y si alguien considera arbitrario este mal pensar, tenga la bondad de ilustrar mi entendimiento aportando un indicio que me permita discriminar entre A (=la clase política se está riendo de nosotros y quedándose con todo lo nuestro) y B (=los servidores de la patria, y en particular el Gobierno actual, tienen la mejor de las intenciones junto con la sabiduría para llevarlas prudentemente a la práctica).

Y el tercer paso de mi visión y propuesta (elemental: simple, decisiva, escurridiza) sobre lo que hay que hacer es seguir ejerciendo la denuncia y la crítica razonada, porque el silencio y la ocultación son los principales cómplices de la maldad. No en vano el enemigo mayor, el obstáculo más temido de la clase política o politicastra (sea monárquica o demagógica), lo que se trata de domeñar y desactivar, es la opinión pública. Sin una opinión pública manipulada no hay más alternativa que la rendición de la maldad o la maldad de violencia y la guerra en la que todos pierden.


Hoy he denunciado (alertado, cuestionado) más que criticado o razonado, al revés que en otras ocasiones. Pero algo he hecho al menos, quizá el mínimo exigible: mantener el esforzado empeño de no renunciar a la legítima guerra de la palabra y solicitar a mis conciudadanos, a quienes hayan incurrido en leer mis palabras, que pensemos conjuntamente, de veras, “¿qué le vamos a hacer?” a esto, a este enredo nacional, a esta democracia en ruina galopante.

DEMÓCRATAS Y DEMÓCRITAS (MÁS SOBRE “PODEMOS”)

¿Increíble? ¿Cierto? Según diversos medios de contaminación informativa ( http://www.libertaddigital.com/espana/politica/2014-11-02/pod...