viernes, 16 de julio de 2010

INCULTURA POLÍTICA

En el debate parlamentario sobre el estado de la Nación que hoy acaba, el Presidente del Gobierno, Rodríguez Z., cuestionó ayer la representatividad de la diputada de UPyD, Sra. Rosa Díez, cuando ésta le acusó de "corrupción institucional" (http://www.elmundo.es/elmundo/2010/07/15/espana/1279183641.html), alegando que su partido tenía sólo un escaño, lo que la descalifica para arrogarse la potestad de interpretar la voluntad popular, aun reconociéndole en ello un gesto de "valentía". La impropiedad de hablar en este caso de "valentía" en lugar de "osadía" o, con estricta propiedad, de "insolencia" no necesariamente se debe a ignorancia sino que podemos atribuirla a la licencia retórica de la ironía. Ahora bien, el alegato o argumento mismo es un signo palmario de la, más que grave, imperdonable incultura (peor aún que incompetencia) política de quien actualmente está empeñado en conducir a España a un destino político temiblemente final.

En efecto, el Presidente no debería ignorar que en la democracia representativa todos y cada uno de los diputados representan a la Nación entera, sus intereses y valores generales y colectivos, aunque hayan sido elegidos en circunscripciones naturalmente particulares (¿de qué otro modo podría ser elegidos por los ciudadanos?). Los diputados no son delegados o representantes de los intereses particulares de su circunscripción electiva. De ahí que la democracia representativa, pese a haber venido impuesta por la compleja magnitud de las sociedades modernas, no sea cualitativamente una democracia disminuida o diluida sino, al contrario, la mejor garantía, en principio, de que legisladores y gobernantes no beligeren por sus parciales intereses sino por los de toda la Nación. Por ello puede cualquier ciudadano presentarse a su elección como diputado por cualquier provincia o circunscripción diferente a la de su residencia o nacimiento sin que ello constituya un contrasentido o un fraude de ley.

De modo que aquí la razón cuantitativa es razón irrelevante para el punto en discusión. Pero, ¿qué decir, además, de otra cuestión esencialmente cualitativa como la de que el Parlamento no justifica su función por el mero cálculo de votos sino que debe atender primero a las razones de contenido o argumentos que los parlamentarios expongan en la debida deliberación que justifica el nombre mismo de Parlamento? Aquí el actual Presidente del Gobierno de España no sólo se muestra ajeno a la imprescindible CULTURA requerida para una gestión política responsable, sino al sentido común y a la RAZÓN misma, a la cual desatiende expresamente escurriendo su responsabilidad por la frívola pendiente de la fuerza del número. Peor aún, esta su sinrazón (como la sinrazón del número que posibilita la incongruencia de menospreciar a un Partido o/y diputada que cuenta con más votos, y sin embargo menos escaños, que el Partido con el que necesita aliarse para seguir en el poder “cueste lo que cueste”, el PNV) muestra como increíble e indigna de confianza su VOLUNTAD misma de servir a la Nación, y no a su interés particular o partidista, pues ¿puede acaso simplemente ignorar que la razón puede estar en uno solo o en cualquiera de los diputados que parlamentan genuinamente, aunque él cuente con el aplauso, quizá servil, de una mayoría instalada en el poder?


Mal, muy mal horizonte se divisa hoy para el destino de España cuando su Presidente se muestra ajeno al sentido del Parlamento, a la voz de la razón y a la voluntad de respeto a sus legítimos representantes. Un Presidente que no sólo contraviene soberanamente el “talante” de “diálogo” (“dime de qué presumes y te diré de qué careces”: una vez má confirmado) sino que muestra objetiva e innegablemente (una vez más, en otra cuestión tan esencial como los significados de “democracia”, “diálogo”, “nación”, etc.) tamaña incultura política. No es que le falte voluntad o raciocinio, es que no sabe siquiera de qué va el juego político, a qué estamos jugando, qué nos estamos jugando. Pero lo peor, lo más tremebundo, sería comprobar que la mayoría de la ciudadanía es incapaz de crítica porque comparte la misma incultura política y, por tanto, sobre la Constitución que nos constituye como Nación, más acá de los partidismos.

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