lunes, 15 de febrero de 2010

Educación: lo actual y lo clásico

Ahora nos dicen que va a procurarse un pacto de Estado por la educación; ahora que, como en Economía, la situación no es de "desaceleración" ni de crisis, sino de auténtica ruina que padeceremos ya inexorablemente durante más de una generación. No hace mucho, cuando se estaba cociendo la vigente  LOE (Ley Orgánica de Educación), que no es sino la LOGSE recocida, envié al Parlamento y al Senado un escrito en que ofrecía mi visión razonada sobre la crisis educativa, aplicando al presente principios clásicos (de valor perenne) que no precisan innovación alguna (renovación, en todo caso) sino recuerdo, conservación y sostenimiento más acá de los vaivenes modernistas (de la moda) de la sociedad y la pedagogía. Aquí os lo transcribo a todos, ya que lo que reivindica no tiene fecha de caducidad, aunque sí requeriría el aviso de "asumir preferentemente antes de" pasado mañana; es decir: cuanto antes.

Señoría:
Considero un deber impostergable participarle, a los oportunos efectos (tan posibles como apremiantes todavía hoy, en que se discute en el Parlamento el proyecto de LOE), un diagnóstico y creo que seguro remedio del actual malestar de la educación escolar en España. Proviene de este servidor público, profesor, que suscribe (sobrino y nieto de labradores, hijo de un modesto asalariado autodidacta, Matrícula de Honor en Bachillerato, Premio extraordinario de Licenciatura y de Doctorado, número uno en sus oposiciones, fundador de la Asociación Andaluza de Filosofía, coautor de un manual de Historia de la Filosofía), pero es expresivo del de la mayoría de mis colegas y resultado tanto de una amplia experiencia como de una profusa y contrastada reflexión. Le ruego que considere mis palabras con la misma atención y profesional responsabilidad con que yo las he escrito y que no las entienda como dogmáticas, sino como lo que son: necesariamente sintéticas, aun sin renunciar a un esquemático análisis argumentativo.

No puede ocultarse, aparte el alarmante nivel de fracaso escolar, que el escollo principal de la educación escolar actual es la indisciplina o, si se quiere, la omnímoda “violencia escolar”, la cada vez más agresiva insurrección generalizada de alumnos (y padres) ante la autoridad imprescindible del profesor y la exigencia irrenunciable de la atención y el estudio. Pero su causa, que es lo que más importa identificar, no es otra que un conocido y viejo síndrome: el del mimado o consentido y por tanto tirano, privado del rigor disciplinario que corrija su actitud anárquica. Los alumnos de hoy no están acostumbrados a tolerar frustración alguna (índice esencial del progreso madurativo) o, dicho en positivo, a sostener el esfuerzo necesario, personal e intransferible, para un auténtico logro. Al igual que nuestra sociedad actual, adolecen del desequilibrio que también podría llamarse “derechismo (exigencia unilateral y exacerbada de presuntos e ilimitados “derechos”, con elusión de sus correlativos deberes), que sigue el lema “lo justo es mi gusto”, como con otras denominaciones está reiteradamente denunciado en ensayos sociológicos recientes.  Pero lo más grave no es que lo padezcan en sus casas y en el entorno social, sino en  y por el sistema escolar mismo.

Y es que, en efecto, nuestra propia legislación educativa actual, en lugar de constituirse en su debido correctivo (cual es su misión), es mero reflejo y, peor aún, cómplice refuerzo de la licenciosidad hedonista omnipresente de la publicidad mercantil, así como del disolvente relativismo reactivo de una generación que ha querido zafarse extremosamente de la rigidez ético-política sufrida por la anterior, confundiendo ahora autoridad con autoritarismo, libertad con anomia, tolerancia con permisividad, control con represión, obediencia con sumisión, esfuerzo con traumático abuso, alegría con ligereza o frivolidad, formalidad con rigidez, respeto a todas las opiniones con falta de criterio y convicciones fundamentales, democracia con dictadura de la mayoría sin ninguna limitación de derecho, jerarquía con privilegio, formación escolar en una sociedad democrática con democracia en la escuela; perdiendo el criterio, la medida, el término medio. Lo es porque, absolutizando un ludismo pedagógico infantilizante que relega la “motivación” decisiva que madura la personalidad: la voluntad, al tiempo que desprecia la base del entendimiento de las cosas, la memoria, se desentiende de las exigencias consustanciales a una educación no ya “de calidad”, sino simplemente genuina: en cuanto a los fines, aprendizaje objetivo (contenidos, al margen de los cuales no cabe aprender destreza procedimental alguna, y que deben ser fundamentales, no optativos ni novedosos, y por lo mismo comunes en toda España, precisamente si se quiere una auténtica preparación para el futuro) y maduración subjetiva (responsabilidad); en cuanto a los medios, respeto al profesor (obediencia, que etimológicamente no es sino escucha) y al deber de estudiar. O, en una palabra, disciplina: la actitud requerida en el discípulo (discipulina), así como disciplina en su reverso negativo, es decir, exámenes, septiembre, repetición (beneficio motivador no tanto para los repetidores cuanto para los demás), expulsión o segregación eventual y hasta pérdida de la normal escolarización si no se cumplen sus deberes fundamentales (¡como ocurre y les ocurrirá a los alumnos en todos los ámbitos de la vida extraescolar!).

De este modo nuestro sistema educativo vigente permite escandalosamente que el alumno promocione sin progresar y acabe recibiendo, y no en todos los casos, un título que no acredita verazmente el supuesto aprovechamiento, como es sabido ya incluso allende nuestras fronteras. Prescindir así del tradicional (a la vez que constitucional)  principio psicopedagógico del premio o/y castigo, devaluando el uno y minimizando el otro, hace sospechar que en realidad se ha renunciado o perdido el norte de la finalidad misma de la verdadera capacitación subjetiva y objetiva que justifica la tarea educativa. En cualquier caso, aniquila la motivación básica e imprescindible para que los discípulos se ajusten a la disciplina necesaria (y alcancen la autonomía, que no es sino interiorización de normas por una comprensión teórica de su sentido ulterior a su práctica efectiva por vía impositiva). Con ello se incrementa el malestar docente (se dramatiza y deteriora la tarea del profesor) y, contraproducentemente, se transmite a nuestros alumnos la antítesis de la educación: la inconsciencia de que la realidad tiene límites que conquistar o a los que adaptarse y de que, por tanto, nuestras acciones tienen consecuencias no indiferentes; en suma, se enseña la irresponsabilidad y la mentira de una impunidad que producirá su segura marginación social en el futuro.

Nuestra legislación tampoco reconoce ni encauza las irreductibles diferencias del alumnado en cuanto a capacidades, maduración, metas e intereses, otro pilar de la educación junto al de la disciplina, pese a presumir de ello con vano cacareo retórico, puesto que las actuales medidas en realidad sólo intentan evitar a toda costa una obtusamente negada diversificación de itinerarios (que se podrían, de querer, organizar del modo más flexible y reversible que se quisiera, pero sin negar la realidad misma de las diferencias y sus lógicas consecuencias o el coste que hay que pagar siempre en la vida por cualquier situación: el que algo quiere, algo le cuesta). Así confunde gravemente la igualdad de oportunidades (la “equidad”) con un forzado igualitarismo inevitablemente rastrero (nivelación a la baja) que no sólo malogra el potencial individual y la excelencia tan necesaria para el progreso social, sino que incongruentemente priva del derecho a una buena educación a una mayoría de alumnos forzados a padecer el obstruccionismo de los que bien se han dado en llamar “objetores escolares”, a su vez también víctimas y síntoma patente de la injustificable contumacia igualitarista. En todo caso, lo más patético que hay que denunciar es que tanta indulgencia y relajación en la exigencia son innecesarias y constituyen un flaco y falso favor, porque, muy al contrario, la verdad es que la propia capacidad sólo se despliega cuando se la urge y se confía en ella (otro elemental principio psicopedagógico hoy postergado). Nuestros alumnos, todos (los peores y los mejores), pueden y deben, tienen  el derecho y el deber de ser tratados como capaces de satisfacer normalmente la expectativa de formas de educación y de contenidos de ciencia imprescindible para que ni una ni otra resulten desvirtuadas.

Señoría, una sabiduría milenaria enseña que “muchas facilidades hacen muchas dificultades” (Lao Tsé, en el Tao Te King). Y la actual relajación de exigencias educativas en fines y medios, fondo y forma (posibilidad de promocionar curso con más de dos asignaturas suspensas, limitación de la posibilidad de repetir, adaptaciones curriculares con las que puede accederse al mismo título que por vía normal; limitaciones de la autoridad docente para penalizar o expulsar, etc., etc.) no sirve  al objetivo pretendido de reducir el fracaso escolar, sino que resulta contraproducente porque debilita la tensión y la capacidad posibles y necesarias para la tarea formativa. Por otra parte, el auténtico progresismo no es modernismo compulsivo que pretende innovarlo todo de raíz, sino avance en lo posible y necesario que, por supuesto, conserva lo probadamente bueno. En Educación, en Psicopedagogía, no se requería ni requiere ninguna revolución. La que actualmente padecemos, pues, no es sino una incauta destrucción de desastrosas consecuencias, que sería sabio rectificar. Por lo demás, la única intervención gubernamental admisible en el terreno de la educación es la relativa a su extensión y su posibilitación mediante inversión pública (la cual brilla por su mezquindad). Todo lo demás es asunto profesional, técnico, definido por el saber y por los mismos profesionales del saber y su transmisión: los profesores que uds. han eludido sistemáticamente consultar de modo satisfactorio y fehaciente.

Por eso, para terminar, si el problema es que la escuela actual, por un falso progresismo laxo, relativista y consentidor (contrario a “la calidad”), y por un falso igualitarismo (que tergiversa “la equidad”) en realidad es antieducativa porque fomenta la incapacidad, la anomia y la impunidad (con su resultante y cada vez más extendida violencia escolar y extraescolar, propia de quienes no han asimilado el autocontrol y no saben dialogar por falta de conocimiento y capacidad autocrítica: quien siembra vientos, recoge tempestades), el remedio urgentemente requerido, igualmente sencillo, no puede ser otro que la restauración del sentido común educativo arriba señalado, y no obstinarse, con la nueva ley, en dar más de lo mismo que tan clamorosamente falla, tanto en sus principios como en sus resultados. De otro modo, será inevitable pensar que el hecho de haber privado a las clases populares de su único medio de promoción social (una buena educación) no responde siquiera a ese equivocado y dogmático progresismo igualitarista, sino a la perversa complicidad con una planificación económica neocapitalista que pronto sólo precisará, al decir de los expertos,  un 20 % de la población activa para su funcionamiento, el cual se reclutará entre las clases pudientes que tienen a su alcance enseñanza y másters privados, mientras se posterga demagógicamente a un resto inculto, acrítico y sumiso, engañándolo con falsos e inútiles títulos y, de paso, secuestrando (“ahorrando”) una gran partida del presupuesto estatal en Educación.

No obstante, desde luego que, al margen de cualquier legislación, se podría avanzar en una auténtica educación de más calidad. Pero no mediante el recurso a la entelequia, tan insultante para el genuino cuerpo de pedagogos (los profesores o docentes efectivos) como absoluta y demostrablemente vacua, de una “mayor formación didáctica del profesorado” para los presuntos “nuevos problemas” ni el incoherente incremento de monsergas teóricas a alumnos refractarios en “más horas de tutoría” o/y con “otros profesionales de apoyo”. (Al efecto, no vendría mal reparar en otra obviedad pedagógica hoy obnubilada: que los ahora tan cacareados valores para una adecuada socialización son los mismos e inseparables de los requeridos y reforzados por el estudio disciplinado de la ciencia, y sólo por esta vía de la la disciplina y la formación científica –contenidos-- pueden asimilarse en la escuela: respeto, paciencia, concentración, escucha, discriminación, crítica, autocrítica, etc.). Todas estas expresiones son puramente nominales y desiderativas porque no hace falta nada, ningún plus, de esto (lo que falla no es la formación de los profesores); porque, de todos modos, de la nada (si fuera tanta la falta) nada sale y porque lo único que eficazmente erradicaría la indisciplina actual es la implantación de la disciplina perdida mediante la recuperación de otro principio psicopedagógico elemental: el de que un hecho vale más que mil palabras y los valores se asimilan, cuanto más temprana es la edad de formación, por vía práctica antes que teórica, por la natural imposición, sí, que precede a toda auténtica autonomía. En cambio, sí mejoraría la situación la potenciación de medios igualmente conocidos y asimismo despreciados y contravenidos: mejora sustancial de la ratio profesor/alumno, disminución de la interinidad en el cuerpo de profesores, auténtica diversificación curricular (o sea, itinerarios; todo lo flexibles y reversibles que se puede y se quiera), Bachillerato europeo (mínimo, tres años), acceso inmediato desde los ciclos medios a los superiores en formación profesional (evitando convertir el Bachillerato en una descafeinada vía de paso con alumnos desmotivados) e inversión en centros públicos de calidad, sin proseguir la falaz  “doble red de centros públicos” que convierte la escuela pública en subsidiaria de la privada (y no al revés, como debería ser y se pregona oficialmente), al tiempo que elimina de hecho la libertad de elección de centros (a través de la “concertación” se está destruyendo o desnaturalizando tanto la escuela pública como la privada).

En suma, señoría, no es de extrañar que, habiendo destruido la raíz de la auténtica educación (la de principios y métodos secularmente probados), la escuela actual no pueda dar frutos y, al contrario, vea crecer la maleza de la violencia (de la indisciplina). Ni hay que buscarle cinco pies a este gato ni las medidas correctivas puramente nominales que se invocan ahora pueden ser otra cosa que desnortados e inútiles parches.

Agradeciendo de antemano su atención, y esperando lo mejor de su gestión en esta hora tan crucial para el futuro de España, le saluda atentamente y queda a su disposición como seguro servidor de esta causa pública

José Ramos Salguero,
Doctor en Filosofía y Profesor de Ed. Secundaria.

3 comentarios:

  1. Muy interesante, y aunque comparto fundamentalmente la opinión de D. José, lamento añadir que, sinceramente, temo que la redacción dificulte un poco que los propios destinatarios del texto siquiera lo hayan llegado a entender en su totalidad... penoso, pero en este pais que estamos cada día más hay que pensar en que nuestro lector nos entienda.

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  2. Mi formación casi no llega a una diplomatura, pero son pocos los que llegan a estas Webs. Y yo lo he entendido muy bien
    Solo quiero apoyar al Sr. Ramos Salguero y decirle que por desgracia tiene muchísima razón, lo raro y dificil es que se atreva a escribirlo.
    Lo hablamos, comentamos lo que sea necesario pero al final quien lo deja por escrito...

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  3. yo estoy totalmente de acuerdo. Y la verdad no lo podría haber expresado mejor.
    Mi hijo de 12 años empieza este año la ESO, y la sorpresa que me he llevado cuando me han dicho que en el instituto al que va a ir, imparten clases de diversificación curricular, que vulgarmente dicho en la calle, son las llamadas clases para tontos y clases para listos. O por lo menos es como mi hijo las llama. Conclusión: que a los niños que no se esfuerzan en tratar de aprender y estudiar practicamente les regalan el título, ya que a este país no le conviene que se diga que nuestros hijos no son capaces ni de aprobar los estudios básicos. La verdad que me parece una pena, ya que en lugar de fomentar el estudio, lo que están haciendo es que nuestros hijos se esfuercen menos en estudiar, y por lo tanto pierdan el interés. El problema les vendrá cuando sean mayores y se encuentren que no saben nada de nada....
    Yo estoy que me estiro de los pelos ante esta injusticia, y lo peor de todo es que no puedo hacer nada. Los colegios te obligan a pasar por este tipo de normas.
    La opción que me queda, si es que encuentro a estas alturas, es cambiarlo de instituto.

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